¿Qué Es El Cristianismo?
autor
Joel Stephen Williams, M.Th., Ph.D.
Traducido del inglés y redactado por
Silbano Garcia Sr.
“Vayan por todo el mundo y anuncien las buenas nuevas a
toda criatura” (Mr. 16:15).
Published by
J.C. Choate Publications
Winona/Singapore/New Delhi/Cebu City/Jakarta/Cape Town
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Silbano Garcia in his office. Brother Garcia is a dear friend of Joel Stephen Williams,
a preacher of many years experience in western Texas, and an experienced evangelist
who has made many preaching tours to Mexico. He and the churches with which he has
worked in the States have supported many good works in Mexico. Garcia and Williams
worked together at the Cactus Drive Church of Christ in Levelland, Texas, in the late
1980s. They also worked together on a building project in Juarez, Mexico, in 1994.
Silbano Garcia is the translator of What is Christianity? into Espanol.
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Enjoy a few pictures of Silbano Garcia, most of them with his
friends in Mexico, before you go to the text of What is Christianity?
“Ya que Dios, en su sabio designio, dispuso que
el mundo
no lo conociera mediante la sabiduría humana, tuvo a bien
salvar,
mediante la locura de la predicación, a los que creen” (1 Corintios 1:21).
“Mientras que nosotros predicamos a Cristo crucificado” (1
Corintios 1:23).
“No nos predicamos a nosotros mismos
sino a Jesucristo como Señor” (2 Corintios 4:5).
Copyright (Propiedad Literaria) © 1997
Spanish translation Copyright © 2003
por Joel Stephen Williams
Todos los derechos reservados
Todas las citas bíblicas son de la Santa
Biblia:
Nueva Versión Internacional, Copyright (Propiedad
Literaria)
© 1999 por la Sociedad Bíblica Internacional, P. O.
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Phone: 662-283-1192
Contenidos
¿Qué es el Cristianismo? 1
La Necesidad de la Salvación 3
El Salvador del Cielo. 9
El Nacimiento de Cristo. 11
La Vida de Cristo. 14
La Enseñanza de Cristo 18
La Impecabilidad de Cristo 21
La Expiación 24
La Resurrección de Cristo 30
Salvado por Gracia 34
Fe 38
Arrepentimiento 40
Obediencia 42
Libre Albedrio 43
Bautismo 46
La Vida Cristiana. 53
La Iglesia 60
Servicio y Evangelismo 68
Adoración 71
El Futuro 80
La Trinidad 88
El Espíritu Santo y los Milagros 91
Las Sagradas Escrituras 94
Resumen de Libros Bíblicos 97
Escrituras del Antiguo
Testamento 97
Escrituras del Nuevo
Testamento 100
Conclusión 103
Se recomienda al lector que obtenga un Nuevo
Testamento o una Biblia completa y que lea todas las referencias de las
escrituras hechas en este libro. Como el Nuevo Testamento fue
originalmente escrito en el idioma Griego, se citará el siguiente
diccionario: A Greek-English Lexicon of
the New Testament and Other Early Christian Literature, por Walter Bauer. Traducido y redactado por William F.
Arndt, F. Wilbur Gingrich, y Frederick W. Danker. Chicago: University
of Chicago Press, 1979. Será abreviado BAGD. La abreviatura
“cp.” dentro de paréntesis de referencia significa
“compárese.”
¿Qué Es el Cristianismo?
¿Qué es el cristianismo? El
propósito de este libro es explicar el cristianismo en forma simple;
decirle cómo puede lograr ser cristiano; explicar lo que es
necesario creer, y cómo se debe comportar como cristiano. El
cristianismo del cual va a leer en las siguientes páginas, es el
cristianismo como fue conocido y practicado en la época
apostólica del primer siglo. Realizaremos un sincero esfuerzo
de documentar con las Sagradas Escrituras toda declaración hecha
sobre el cristianismo. Lo que sigue es un esfuerzo para presentarle
el cristianismo sin tradiciones adicionales de hombres y mujeres durante
los últimos dos mil años. Aunque la mayor parte de
estas tradiciones no causan daño, algunas son erróneas y
deben evitarse.
Hoy día muchas personas se confunden sobre lo
que en realidad es el cristianismo porque lo asocian con tradiciones que
oscurecen la verdad. Tal vez usted ha adquirido prejuicios en contra
del cristianismo en el pasado por algún ejemplo inadecuado en una
iglesia; o por la vida de individuos que dicen ser cristianos. Si
esto es cierto en su caso, por favor, lea este libro y juzgue el
cristianismo por el ideal de lo que debe ser; no por el esfuerzo defectuoso
de algunos seres humanos de ser cristianos. Juzgue al cristianismo
por el modelo que nos fue dado en el Nuevo Testamento en relación a
cómo deben ser la iglesia y el cristiano. Quienes dicen ser
cristianos quizás no vivan, adoren, o enseñen como deberian
por varias razones. Quizás ignoren toda la verdad.
Quizás han sido llevados al error por enseñanzas
falsas. Quizás son hipócritas. Lo más
probable es que sean sinceros, pero han cometido algún error como
cualquier humano. Por favor, no rechace al cristianismo por el
fracaso de alguien que usted conoce que dice ser cristiano. Juzgue al
cristianismo por medio de Jesucristo. Descubrirá que
Jesucristo, el autor y fundador de la religión cristiana, no lo
decepcionará de ninguna manera. Aunque sus seguidores cometan
errores, él no fallará. Él es sin falta.
La Necesidad de la Salvación
El cristianismo es la religión de los que son
llamados “cristianos” (Hechos 11:26; 26:28; 1 Pedro 4:16).
Un cristiano es simplemente un seguidor de Jesús de Nazaret,
que es llamado el Cristo o el Mesías por aquellos que creen en
él. ¿Por qué debiéramos anhelar ser
cristianos? La respuesta a esta pregunta es que todo ser humano tiene
la necesidad de ser salvo de sus pecados. Para comprender nuestra
necesidad de ser salvos de nuestros pecados, veamos primero lo que
significa ser un ser humano responsable ante Dios por sus acciones.
Todo ser humano es mucho más que una simple
creación física semejante a un animal o bestia. Somos
creados con un “alma” o “espíritu” y por lo
tanto somos criaturas espirituales (Hechos 7:59; 1 Corintios 2:11; 1
Tesalonicenses 5:23; Santiago 2:26). En el principio Dios creó
todo (Génesis 1:1), pero al ser humano lo creó en“su
imagen” (Génesis 1:26-27; Colosenses 3:10; Santiago 3:9).
Esto significa que Dios nos creó con la capacidad de pensar y
razonar. Tenemos esta capacidad de comprender cosas espirituales y de
creer en un ser supremo a quien le llamamos “Dios”. Somos
capaces de conocer la diferencia entre bien y mal, de sentir culpa, y
también de conocer y entender las cosas que son honorables y nobles.
Somos capaces de sentir temor reverente cuando meditamos en la
grandeza de Dios. Somos capaces de adorar, y por todo el mundo, entre
todas las razas y clases de gente, el ímpetu o deseo de adorar a un
ser supremo es universal. Somos capaces de vivir vidas más
nobles imitando la perfecta santidad de Dios (Mateo 5:48; Efesios 4:21-23;
1 Pedro 1:14-16).
Cuando el apóstol Pablo predicó en
Atenas, Grecia, él alabó a los Atenienses por ser
“sumamente religiosos” (Hechos 17:22). Ellos
tenían santuarios y altares para adorar a muchos dioses. Para
asegurarse de no haberse olvidado de ningún dios, ellos edificaron
un altar: “A un dios desconocido” (Hechos 17:23).
Pablo enseguida les predicó del verdadero Dios:
El Dios que hizo el mundo y todo lo que hay en
él es Señor del cielo y de la tierra. No vive en
templos construidos por hombres, ni se deja servir por manos humanas, como
si necesitara de algo. Por el contrario, él es quien da a
todos la vida, el aliento y todas las cosas. De un solo hombre hizo
todas las naciones para que habitaran toda la tierra; y determinó
los períodos de su historia y las fronteras de sus territorios.
Esto lo hizo Dios para que todos lo busquen y, aunque sea a tientas,
lo encuentren. En verdad, él no está lejos de ninguno
de nosotros, “puesto que en él vivimos, nos movemos, y
existimos” (Hechos 17:24-28).
Ya que Dios es nuestro creador, somos responsables
ante él (Isaías 43:7; Apocalipsis 4:11). Pablo
predicó a los Atenienses que ellos un día serían
juzgados por Dios: “Pero ahora manda
a todos, en todas partes, que se arrepientan. Él ha fijado un
día en que juzgará al mundo con justicia” (Hechos 17:30-31). Ya que Dios nos ha dado la
capacidad de pensar y razonar y de conocer la diferencia entre bien y mal,
somos responsables ante él. Pablo nos habla de gente que no
tenía una ley escrita proveniente de Dios; sin embargo, ellos
conocían “por naturaleza lo que la
ley exige” (Romanos 2:14).
Porque somos capaces de saber que Dios existe (Salmos 19:1-6; Romanos
1:19-20), y porque somos capaces de diferenciar el bien del mal, daremos
así algún día cuenta a Dios por nuestros pensamientos,
hechos y vidas (Hechos 10:42; Romanos 2:16; 1 Corintios 4:5).
La triste realidad es que todo ser humano que ha
llegado a la madurez y ha llegado a saber la diferencia entre lo bueno y lo
malo, ha pecado. El pecado es todo lo que está en contra de la
voluntad de Dios. “El pecado es
transgresión de la ley” (1 Juan 3:
4). “Toda maldad es pecado” (1 Juan 5:17). El bien y el mal no son
determinados arbitrariamente por Dios. Sino que, todo lo que es
similar o semejante a Dios es bueno y todo lo que no es semejante a Dios es
malo. Dios es amor, así que el que no ama ha pecado (1 Juan 4:
8, 16). La veracidad es buena, porque Dios no miente (Tito 1:2).
En el Nuevo Testamento hay muchas listas descriptivas de todo
género de pecado que nos ayudan a comprender lo que esto implica.
Pablo en su carta a los Romanos escribe de los pecadores:
Se han llenado de toda clase de maldad, perversidad,
avaricia y depravación. Están repletos de envidia,
homicidios, disensiones, engaño y malicia. Son chismosos,
calumniadores, enemigos de Dios, insolentes, soberbios y arrogantes; se
ingenian maldades; se rebelan contra sus padres; son insensatos, desleales,
insensibles, despiadados (Romanos 1:29-31).
Pablo también alista obras de la carne, o sea
pecados: “inmoralidad sexual,
impureza y libertinaje; idolatría y brujería; odio,
discordia, celos, arrebatos de ira, rivalidades, disensiones, sectarismos y
envidia; borracheras, orgías, y otras cosas parecidas” (Gálatas 5:19-21). Pablo menciona algunos
ejemplos de aquellos que no heredarán la vida eterna en el cielo a
no ser que se arrepientan y busquen la salvación. Estos
incluyen a los “fornicarios,
idólatras, adúlteros, sodomitas, pervertidos sexuales,
ladrones, avaros, borrachos, calumniadores, estafadores” (1 Corintios 6:9-10; cp. Colosenses 3:5-10; 1 Timoteo
1:9-11; 2 Timoteo 3:2-5; Santiago 3:14-16; 1 Pedro 2:1-2).
No podemos culpar a otros por nuestros pecados.
Pecamos porque nos entregamos a la tentación (Santiago 1:
12-15). Aunque Adán y Eva introdujeron el pecado al mundo,
nunca hemos estado obligados a pecar. Hemos pecado porque seguimos el
ejemplo de otros y porque deseamos hacer lo que es malo. Es
así como el pecado se ha desplegado sobre toda la humanidad (Romanos
5:12). Así como todos los seguidores de Cristo son salvos,
así también los que siguen e imitan a Adán en el
camino del pecado serán eternamente condenados (Romanos 5:15-21).
Hay doctrinas en el mundo religioso que enseñan
erróneamente que heredamos una naturaleza pecaminosa de Adán,
y que todos somos culpables desde el momento en que nacemos. La
Biblia nos enseña algo totalmente diferente al respecto. Cada
persona es individualmente responsable ante Dios. Los hijos no son
culpables ni condenados por los pecados de los padres, ni por el pecado de
Adán. Así también los padres no serán
condenados por los pecados de sus hijos (Jeremías 31:29-30; Ezequiel
18:1-20). Cada uno es individualmente responsable ante Dios.
Porque somos pecadores y Dios es un santo y perfecto
Dios, estamos separados de él (Isaías 59:1-2). Dios
echó a Adán y Eva del huerto del Edén después
que pecaron (Génesis 3:1-24). Así también, Dios
nos juzga cuando somos culpables del pecado. Todo ser humano es
culpable del pecado ante Dios, aún la gente religiosa (Romanos 3:9).
“No hay un solo justo, ni siquiera
uno” (Romanos 3:10). “Pues todos han pecado y están privados de la
gloria de Dios” (Romanos 3:23; cp. 1
Juan 1:8-10). El pago que todos merecemos por nuestros pecados es la
muerte eterna: “La paga del pecado
es muerte” (Romanos 6:23; cp.
Gálatas 6:7-8). Es así que todos necesitamos la
salvación. Estamos perdidos, porque somos pecadores. No
podemos salvarnos a nosotros mismos. Somos débiles (Romanos 5:
6). Si nos esforzamos, quizá pequemos menos en el futuro, pero
aún así pecaremos. Además, no somos capaces de
pagar por los pecados que ya hemos cometido. Desesperadamente
necesitamos la salvación. ¡Necesitamos un salvador!
El Salvador del Cielo
Imaginese a un hombre en lo profundo de un pozo.
Él es incapaz de escalar este pozo. Necesita ayuda de
arriba. Necesita que alguien le ayude con una cuerda o una escalera.
Necesita un salvador. La humanidad estaba en la misma
situación por causa de nuestros pecados. Necesitábamos
la ayuda del cielo, y nuestro gran Dios nos proporcionó lo
necesario, un salvador del cielo. Solo hay un Dios (Deuteronomio 6:4;
Marcos 12:29, 32; 1 Corintios 8:4, 6; Efesios 6:6; Santiago 2:19).
Conocemos a Dios en tres modos, el Padre, el Hijo, y el
Espíritu Santo (Mateo 28:19; 2 Corintios 13:14; Juan 15:26).
Llamar a Dios el “Padre” no significa que Dios fue casado o que él y una
esposa celestial tuvieron un hijo. “Padre” significa que Dios es como un padre que cuida sobre
nosotros sus hijos (Mateo 6:9; 7:9-11). Jesucristo no es llamado el
“Hijo de Dios” porque Dios y una esposa celestial le dieron luz
a Jesucristo, o porque Dios es más antiguo que el Hijo. Es
llamado “Hijo de Dios” porque fue sumiso en su relación con Dios el
padre, así como cualquier hijo debe someterse a su padre (Juan 4:34;
5:30; 6:38). El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son eternos
y son divinos. Ellos son Dios y no humanos.
Esto significa que nuestro salvador, Jesucristo, no
inició su vida ni su existencia cuando nació en este mundo.
El vivía mucho antes que Abraham (Juan 8:58). El
vivía antes de la creación del mundo (Juan 1:3; Colosenses 1:
15-16; Hebreos 1:2). Esto comúnmente es conocido como la
preexistencia de Cristo (Juan 3:13; 8:23; 17:5, 24; 18:37). Nuestro
Salvador es eterno. El siempre ha existido y siempre existirá
(Apocalipsis 1:8, 17; 21:6; 22:13; Juan 1:1; Hebreos 13:8). Aunque
vivió en el cielo donde multitudes de ángeles le hubieran
servido, él voluntariamente vino al mundo para ser nuestro Salvador
(2 Corintios 8:9). Pablo nos explica las maravillosas buenas obras,
que hacen que la historia del cristianismo sea tan singular:
Cristo Jesús, quien, siendo por naturaleza
Dios,
no consideró el ser igual a Dios como algo a
qué aferrarse.
Por el contrario, se rebajó voluntariamente,
tomando la naturaleza de siervo
y haciéndose semejante a los seres humanos
(Filipenses 2:5-7).
La humanidad pecaminosa necesitaba un Salvador.
En vez de pedir lo imposible para nosotros, es decir, que paguemos
por nuestros pecados. Dios mandó a su único Hijo al
mundo para resolver el problema del pecado por nosotros (Juan 3:16).
Ésta es la razón por la cual el mensaje del
cristianismo es llamado el “evangelio” (Marcos 1:1; 16:15; Romanos 1:16; Efesios 1:13; 1 Timoteo
1:11). La palabra “evangelio” significa “buenas
nuevas” (BAGD, 317-18). Son buenas nuevas que nuestra
situación no es irremediable. Dios nos mandó un
salvador para salvarnos de nuestros pecados. La salvación nos
vino del cielo en la persona del Hijo de Dios, Jesucristo.
El Nacimiento de Cristo
Para que el hijo de Dios fuera nuestro salvador,
Dios preparó para llevar a cabo un nacimiento milagroso muy
especial. Dios escogió una pareja judía muy piadosa,
José y Maria, para que fuesen los padres de este niño muy
especial. José y Maria estaban conprometidos en matrimonio
pero aunque eran considerados esposo y esposa no habían consumado su
matrimonio en las relaciones sexuales y hasta entonces no vivían
juntos (Mateo 1:18-25). Maria era virgen (Lucas 1:26-34). Dios
creó milagrosamente al niño Jesús en el vientre de
Maria por medio del Espíritu Santo (Mateo 1:20; Lucas 1:35).
De este modo Jesús tuvo una madre humana, pero su padre fue
Dios (Gálatas 4:4; Romanos 1:3; Lucas 1:35). Esto es conocido
como el “nacimiento virginal” de Cristo.
El término para describir este procedimiento
es “encarnación”. Este término significa que el Hijo de Dios
se hizo humano. El apóstol Juan emplea el título “el Verbo” para
describir la encarnación de Jesús: “En el principio ya existía el Verbo, y el Verbo
estaba con Dios, y el Verbo era Dios....Y el Verbo se hizo hombre y
habitó entre nosotros” (Juan
1:1, 14; cp. Romanos 8:3; 1 Timoteo 3:16 1 Juan 4:2; 2 Juan 7). Para
ser nuestro salvador Cristo se hizo semejante a nosotros, es decir un ser
humano (Hebreos 2:14, 17).
Jesús es único en muchas maneras; sus
dos naturalezas, lo humano y lo divino, combinados en un solo ser es una
característica muy importante. Mientras vivió en este
mundo, Jesús fue un ser muy humano. El descendió y
nació de seres humanos (Mateo 1:1-17; Romanos 1:3; 9:5). El
vivió y experimentó el proceso normal de crecimiento de todo
ser humano. El fue un niño y creció hasta ser un adulto
(Lucas 2:40). El tenía las necesidades físicas de un
ser humano, alimento, agua y reposo. También
experimentó la necesidad de orar (Mateo 4:2; 8:24; 14:23; Juan 4:
5-7; 19:28). Como un ser humano Jesús percibió o tuvo
sensaciones físicas, y sentimientos humanos, como el gozo, la
tristeza, el dolor, la furia, el amor, y la compasión (Mateo 9:36;
26:37; Marcos 3:5; 10:21; Lucas 10:21; Juan 12:27; 15:11).
Jesús también lloró (Juan 11:35) y fue tentado
por el diablo (Mateo 4:1-11; Lucas 4:1-13; Hebreos 4:15).
Jesús tuvo dolor físico y sufrió la muerte como
un ser humano (1 Pedro 3:18; 4:1). Sí, Jesús fue un ser
muy humano.
Sin embargo, Jesús, al mismo tiempo fue muy
divino (Juan 10:30). No solamente es llamado
“Señor” e “Hijo de Dios”, que son
títulos divinos (Juan 10:25-33; Lucas 2:11; Apocalipsis 4:8-11; 19:
16), sino también es llamado “Dios” (Juan 1:1; 20:28;
Romanos 9:5; Tito 2:13; Hebreos 1:8; 2 Pedro 1:1). Aunque
Jesús no usó todo el poder divino a su disposición
asociado con ser “Dios”, él estaba en posesión
total de la deidad, o divinidad (Colosenses 1:15, 19; 2:9).
Jesús era el Dios-hombre. Era Dios y hombre a la vez.
Cuando los colores negro y blanco se mezclan el resultado es un color
gris. Pero Jesús no era algo entre Dios y hombre. No era
un ángel. El era Dios y hombre al mismo tiempo.
Porque Jesús fue Dios y hombre, él es
el Salvador perfecto. Él puede representar o mediar
perfectamente por ambas partes en el pacto entre Dios y hombre (1 Timoteo 2:
5,6). Como un ser humano, pagó la deuda por nuestros pecados.
Como Dios, fue el perfecto y digno sacrificio para pagar por nuestros
pecados. Estudiaremos más sobre esto en el tema de la
propiciación, pero es importante saber que todo ésto era
parte del plan de Dios desde antes de la fundación del mundo (1
Pedro 1:20). Ya que Jesucristo tenía que ser Dios y hombre al
mismo tiempo, él vino al mundo por un nacimiento singular, su madre
era humana y su Padre era Dios. Nuestro salvador vino del cielo, y
este salvador era el Hijo de Dios. Así se anunció a los
pastores: “Hoy les ha nacido en la ciudad de David un Salvador,
que es Cristo el Señor” (Lucas 2:11).
La Vida de Cristo
Si usted no sabe mucho de la vida de Cristo,
entonces lea los cuatro evangelios, Mateo, Marcos, Lucas y Juan.
Estos cuatro documentos describen el nacimiento de Jesús
(Mateo 1:1-2:12; Lucas 1:26-2:20) y un incidente cuando él
tenía doce años de edad (Lucas 2:41-52), pero el
énfasis está en los útimos tres o cuatro años
de la vida de Jesús, que fueron su ministerio público.
A la edad de treinta años Jesús comienza a
enseñar y predicar la voluntad de Dios a la gente. El atrajo
muchos discípulos, y escogió seguidores especiales, llamados
“apóstoles,” quienes predicarían su mensaje
después de su partida de este mundo.
Jesús hizo muchos milagros que son evidencia
de que Dios aprobó lo que él enseñó e hizo
(Juan 2:11; 5:36; 10:25, 37-38; 14:11; Lucas 7:20-22; Mateo 9:1-8; Hebreos
2:4). Hizo Jesús muchas señales, o milagros, que no
están escritas en los cuatro evangelios, “pero
éstas se han escrito para que ustedes crean que Jesús es el
Cristo, el Hijo de Dios, y para que al creer en su nombre tengan
vida” (Juan 20:30,31). La
siguiente es una lista de los milagros en los cuatro evangelios:
1. Convirtió agua en vino (Juan 2:1-11)
2. Sanó al hijo de un noble (Juan 4:46-54)
3. Sanó a un hombre en la sinagoga (Marcos 1:
23-26; Lucas 4:33-35)
4. Sanó a la suegra del apóstol Pedro
(Mateo 8:14,15; Marcos 1:30,31; Lucas 4:38,39)
5. La primera pesca milagrosa (Lucas 5:1-11)
6. Sanó a un leproso (Mateo 8:2-4; Marcos 1:
40-42; Lucas 5:12,13)
7. Sanó a un paralítico (Mateo 9:2-7;
Marcos 2:3-12; Lucas 5:18-25)
8. Sanó a un paralítico en el estanque
de Betesda (Juan 5:1-9)
9. Sanó a un hombre que tenía una mano
seca (Mateo 12:10-13; Marcos 3:1-5; Lucas 6:6-10)
10. Sanó al siervo de un centurión
(Mateo 8:5-13; Lucas 7:1-10)
11. Resucitó al hijo de la viuda de
Naín (Lucas 7:11-15)
12. Sanó a dos hombres ciegos (Mateo 9:27-31)
13. Calmó la tempestad (Mateo 8:23-27; Marcos
4:37-41; Lucas 8:22-25)
14. Sanó a los endemoniados (Mateo 8:28-34;
Marcos 5:1-15; Lucas 8:27-35)
15. Sanó a una mujer enferma de flujo de
sangre (Mateo 9:20-22; Marcos 5:25-29; Lucas 8:43-48)
16. Resucitó a la hija de Jairo (Mateo 9:
18,19, 23-25; Marcos 5:22-24, 38-42; Lucas 8:41-42, 49-56)
17. Sanó a un mudo endemoniado (Mateo 9:32,33)
18. Alimentó a cinco mil hombres, sin contar
las mujeres y niños (Mateo 14:15-21; Marcos 6:35-44; Lucas 9:12-17;
Juan 6:5-13)
19. Anduvo sobre el mar (Mateo 14:25; Marcos 6:48-51;
Juan 6:19-21)
20. Sanó a la hija de una mujer cananea (Mateo
15:21-38; Marcos 7:24-30)
21. Sanó a un sordomudo (Marcos 7:31-37)
22. Alimentó a cuatro mil (Mateo 15:32-38;
Marcos 8:1-9)
23. Sanó a un ciego en Betsaida (Marcos 8:
22-26)
24. Sanó a un muchacho endemoniado (Mateo 17:
14-18; Marcos 9:17-19; Lucas 9:38-43)
25. El pez con la moneda en la boca (Mateo 17:24-27)
26. Sanó a un ciego de nacimiento (Juan 9:
1-41)
27. Sanó a un hombre ciego y mudo (Mateo 12:
22; Lucas 11:14)
28. Sanó a una mujer encorvada (Lucas 13:
11-13)
29. Sanó a un hombre hidrópico (Lucas
14:1-4)
30. Resucitó a Lázaro su amigo (Juan 11:
1-44)
31. Sanó a diez leprosos (Lucas 17:11-19)
32. Sanó a dos ciegos (Mateo 20:29-34; Marcos
10:46-52; Lucas 18:35-43)
33. Maldijo una higuera y se secó (Mateo 21:
18-22; Marcos 11:12-14, 20-25)
34. Sanó la oreja de Malco (Lucas 22:50,51)
35. La segunda pesca milagrosa (Juan 21:1-11)
Los cuatro evangelios describen el bautismo de
Jesús (Mateo 3:13-17; Marcos 1:9-11; Lucas 3:21-22).
Jesús no fue bautizado para perdón de pecados, sino que
fue bautizado para obedecer a Dios. Él se identificó
con nosotros para ser nuestro Salvador. En su bautismo la voz de Dios
declaró desde el cielo “Éste es mi Hijo amado; estoy
muy complacido con él” (Mateo 3:17). Los evangelios
también nos narran la tentación de Jesús
inmediatamente después de su bautismo (Mateo 4:1-11; Lucas 4:1-13).
Un evento muy importante en la vida de Jesucristo es llamado “la transfiguración” (Mateo 17:1-8; Marcos 9:2-10; Lucas 9:28-36; 2 Pedro 1:16-18).
En este caso Jesús fue transfigurado ante los ojos de tres de
sus apóstoles, Pedro, Jacobo, y Juan. Su apariencia
resplandeció de blancura, probablemente por su deidad
resplandeciente. La voz de Dios declaró desde el cielo “Éste es mi Hijo amado.
¡Escúchenlo!” (Marcos
9:7). Hacia el final de la vida de Jesús la biblia nos cuenta
de su entrada triunfal en Jerusalén (Mateo 21:1-11; Lucas 19:28-40;
Juan 12:12-19), de la purificación del templo (Mateo 21:12-17;
Marcos 11:15-19; Lucas 19:45-48), y de su arresto, comparecencia ante el
concilio y sentencia y de crucifixión y muerte (Mateo 26:36-28:10;
Marcos 14:32-16:18; Lucas 22:39-24:49; Juan 18:1-21:14).
La Enseñanza de Cristo
Los cristianos llaman a Jesús el Maestro.
Hasta donde sabemos Jesús no recibió enseñanza
formal (Juan 7:15); sin embargo, él enseñaba de un modo tan
notable que el pueblo se admiraba de su enseñanza (Juan 7:46).
Jesús frecuentemente enseñaba por parábolas, o
historias, que hacian su mensaje muy interesante. Él
usó ilustraciones comunes de la vida del pueblo y las aplicó
en su enseñanza. En contraste con otros maestros que en algun
momento fallan en vivir de acuerdo a lo que enseñan (Mateo 23:3),
Jesús practicaba perfectamente lo que él enseñaba.
Jesús enseñaba con gran autoridad (Juan 3:34; 7:16;
Mateo 7:28,29). Él no tuvo que apelar a la autoridad humana
para probar su punto. El simplemente declaraba “Yo les digo” (Mateo
5:22,28,32,34,39,44). Jesús no solamente enseñaba la
verdad, él era la verdad (Juan 14:6). El modo de vida que
Jesús nos enseña a vivir es el modo de vida que nos
guía a la felicidad (Juan 10:10; Mateo 5:3-12). Muchos
psicólogos han descubierto que lo que ellos enseñan a sus
pacientes para ser felices es igual a lo que Jesús
enseñó siglos antes.
Algunas de las parábolas de Jesús son
muy notables por su tierna belleza y profundídad espiritual.
Lea, por ejemplo, las tres parábolas en Lucas capítulo
15: la oveja perdida, la moneda perdida y el hijo pródigo.
El mensaje de estas parábolas es que Dios desea que sus hijos
perdidos regresen a su casa y él les dará la bienvenida.
También lea la parábola del buen pastor en Juan
capítulo 10. Algunas de las grandes enseñanzas de
Jesús han sido reunidas en largas secciones en el evangelio de
Mateo. Lea las siguientes tres secciones de las enseñazas de
Jesús y usted comprenderá porque los cristianos correctamente
le llaman el Maestro.
1. El sermón del monte (Mateo 5:1-7:28)
2. La parábola del reino (Mateo 13:1-53)
3. La vida en el reino (Mateo 18:1-35)
La enseñanza ética o moral de Cristo
es la más eminente que el mundo jamás ha conocido. Las
normas éticas que Cristo enseñó no son meramente un
código de reglas y reglamentos. Él se dirige
directamente al corazón de las cosas, o a la realidad (Mateo 23:
1-28). El matar es pecado, pero Jesús nos enseña que
quitemos el odio y la ira de nuestros corazones porque estas cosas pueden
guiarnos al acto de matar (Mateo 5:21-26). El adulterio es pecado,
pero Jesús nos enseña que evitemos el deseo carnal de nuestro
corazón (Mateo 5:27-30). Jesús nos enseña que
hagamos buenas obras, pero debemos hacerlas por los motivos adecuados
(Mateo 6:1-6, 16-18). Una obra hecha con motivos egoístas
pierde todo el valor de la bondad. Muchas de las enseñazas de
Jesús fueron sobre el “reino de Dios” (Marcos 1:14-15;
Mateo 13:1-53). Muchas veces este término “reino de Dios” se
refiere o trata con el reinado o gobierno de Dios. Cuando
Jesús habla de la herencia del reino, él lo dice con
referencia a nuestro galardón en el cielo y la vida eterna (Mateo 25:
34). Al hablar tan a menudo del reino de Dios, Jesús estaba
animando al pueblo a que se sometan a Dios como rey y que le obedezcan
(Mateo 6:10). Jesús también enfatiza el
arrepentimiento, la humildad y el servicio a otros (Marcos 1:15; 9:35; 10:
15; Lucas 22:25-27).
Jesús también habla mucho del amor
como la clave para vivir bien. Por “amor” Jesús
nos da a entender que el amor no es simplemente “sentir bondad hacia
otros” o “querer a otros”. El amor del cual
él habló significa buscar lo mejor para otros sin motivos
egoístas. El dijo que hasta tenemos que amar a nuestros
enemigos (Mateo 5:43-48). Cualquiera puede ser bueno con él
que es bueno con el, ¿pero en verdad podemos ser buenos con nuestros
enemigos? Jesús enseñó a sus discípulos
que se “amen los unos a los otros” (Juan 13:34; cp. Juan 15:10;
1 Juan 5:3; 2 Juan 6). Él enseñó que el amor es
el deber supremo del hombre: “‘Ama
al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser y con
toda tu mente.’ Éste es el primero y el más
importante de los mandamientos. El segundo se parece a éste:
‘Ama a tu prójimo como a ti mismo’” (Mateo 22:37-39; cp. Marcos 12:29-31; Lucas 10:27;
Deuteronomio 6:5). Jesús nos dio lo que llamamos la
“regla de oro” para vivir: “Así
que en todo traten ustedes a los demás tal y como quieren que ellos
los traten a ustedes” (Mateo 7:12; Lucas
6:31). Sin duda alguna, Jesús tiene “palabras de vida eterna” (Juan
6:68).
La Impecabilidad de Cristo
La Biblia nos habla de Jesús como “habiendo sido perfeccionado” (Hebreos 5:9). “Y
él no tiene pecado” (1 Juan 3:5).
Como nuestro cordero sacrificatorio Jesús tenía que ser
sin mancha alguna (Juan 1:29; Hebreos 9:14). El apóstol Pedro
dijo: “Él no cometió
ningún pecado” (1 Pedro 2:22).
El apóstol Pablo dijo: “Al
que no cometió pecado alguno, por nosotros Dios lo trató como
pecado” (2 Corintios 5:21).
Jesús “ha sido tentado en
todo de la misma manera que nosotros, aunque sin pecado” (Hebreos 4:15). Jesús desafia a sus
adversarios diciéndoles: “¿Quién
de ustedes me puede probar que soy culpable de pecado?” (Juan 8:46). Ciertamente Jesús es el “Santo y Justo” (Hechos
3:14). Por el lado negativo, Jesucristo nunca hizo pecado porque
él no hizo nada malo, y por el lado positivo él era bueno y
justo (Hechos 10:38).
La evidencia de su impecabilidad fue muy diversa.
Provino, no sólo de sus amigos favorables, quizás
inclinados a exagerar, sino también de gente neutral con referencia
a Jesús. Lo más sorprende de todo es que la evidencia
aún provino de quienes no simpatizaban con Jesús y su causa.
Aquí enumeraremos un resumen de la evidencia de la
impecabilidad de Jesús:
1. Testigos favorables
A. Pedro - Lucas 5:8; 1 Pedro 1:19; 2:22; 3:18; Juan
6:69; Hechos 3:14
B. Juan - 1 Juan 2:1,29; 3:5,7; Hechos 4:27
C. Pablo - 2 Corintios 5:21
D. El autor de Hebreos - Hebreos 2:10; 4:15; 5:8,9; 7:
26,28; 9:14
E. Esteban - Hechos 7:52
F. Ananías - Hechos 22:14
G. Cristianos primitivos - Hechos 4:30
H. El ángel Gabriel - Lucas 1:35
2. Testigos no favorables
A. Líderes Judíos - Mateo 26:55-59;
Marcos 14:48-56; Lucas 22:52,53; Juan 18:20,21
B. Judas - Mateo 27:4
C. Los demonios - Marcos 1:24; Lucas 4:34
3. Testigos neutrales
A. Poncio Pilato - Mateo 27:18,23,24; Marcos 15:14;
Lucas 23:4,14,15,22; Juan 18:38; 19:4-6
B. La esposa de Poncio Pilato - Mateo 27:19
C. El malhechor en la cruz - Lucas 23:41
D. El centurión - Lucas 23:37
4. Testimonio de Jesús
A. Juan 8:46; 14:30; 15:25; 18:23
B. Su obediencia perfecta - Juan 4:34; 5:30; 6:38; 7:
18; 8:29,55; 15:10; 17:4; Lucas 22:42; Hebreos 10:5-7
El testimonio de Jesús mismo puede ser el de
más valor. La persona que es justa tiende a ser consciente de
las faltas mínimas en su vida y la persona que es mala o injusta
tiende a minimizar pecados importantes en su vida. En el personaje
íntimo de Jesús no hay evidencia de que él fuera
consciente de algún pecado en su vida. Para que Jesús
dijera que en él no hay pecado, esto hubiera sido una de las
afirmaciones más arrogantes jamás hecha por un ser humano, o
de lo contrario era la verdad. Jesús es uno de dos, un
lunático mentiroso o el Señor. Toda la evidencia ya
anteriormente tratada tiende a comprobar la afirmación de la
impecabilidad de Jesús, por tanto los cristianos creen que
Jesús fue perfecto y sin mancha o pecado. Ahora pues, veremos
la tremenda importancia de la impecabilidad de Jesús al examinar su
obra como sacrificio de propiciación por nuestros pecados.
La Expiación
“Expiación” se refiere al cubrimiento de nuestros pecados,
realizado por la muerte de Jesús en la cruz. Si usted no ha
leído de la terrible muerte y sufrimiento de Jesús en la
cruz, por favor, lea estos pasajes en alguno de los evangelios (Mateo 27:
27-52; Marcos 15:16-39; Lucas 23:26-48; Juan 19:16-37). Dios estaba
preparando al ser humano para entender la expiación a través
de varios sacrificios que mandó al pueblo judío durante la
época de Moisés (Romanos 15:4; 1 Corintios 10:6). Por
ejemplo, cuando la muerte se llevara al primogénito de cada familia
de Egipto, el pueblo de Israel fue mandado a sacrificar un cordero sin
mancha y poner la sangre en los marcos de sus puertas. La casa que
tenía sangre en sus puertas era salva de la muerte. Dios nos
estaba enseñando simbólicamente, lo que en el futuro nos
daría a conocer. Podemos escapar de la muerte eterna por medio
de la sangre de Jesús.
Otra lección en el Antiguo Testamento sobre
la expiación es el Día de la Expiación del pueblo
Judío. El pueblo Judío usaba dos machos cabríos;
uno era sacrificado y la sangre rociada en el templo. El sumo
sacerdote ponía sus manos sobre el otro cabrío a veces
llamado el chivo expiatorio. El confesaba los pecados del pueblo,
simbólicamente transfíriendo los pecados del pueblo al
cabrío inocente. El cabrío era luego soltado en el
desierto. El pueblo así comprendía que sus pecados eran
realmente puestos sobre el cabrío y llevados lejos de ellos.
La purificación o el perdón de pecados fue siempre por
el sacrificio y derramamiento de sangre. “De
hecho, la ley exige que casi todo sea purificado con sangre, pues sin
derramamiento de sangre no hay perdón” (Hebreos 9:22). Cristo es nuestro sacrificio de
expiación y nuestro chivo expiatorio que lleva nuestros pecados y
los aleja de nosotros: “Él
mismo, en su cuerpo, llevó al madero nuestros pecados, para que
muramos al pecado y vivamos para la justicia. Por sus heridas ustedes
han sido sanados” (1 Pedro 2:24).
Los sacrificios del Antiguo Testamento, que eran
casi todos animales, no tenían como objetivo ser una completa
solución al problema del pecado del hombre. Eran puestos
temporalmente hasta la venida de Cristo al mundo (Gálatas 3:23-25; 4:
4). Fueron diseñados para enseñar al ser humano a
obedecer y confiar en las promesas de Dios. Estaban allí para
enseñarnos el concepto del sacrificio, de una vida sacrificada en
expiación por otra vida. El autor de la carta a los Hebreos
nos dice “ya que es imposible que la
sangre de los toros y de los machos cabríos quite los pecados” (Hebreos 10:4). Sin embargo, la sangre y el
sacrificio en la cruz de la vida inocente de Jesús sí pudo
quitar nuestros pecados. Cuando Juan el Bautista vió a
Jesús él declaró: “¡Aquí
tienen al Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!” (Juan 1:29). En vez de ofrecer un sacrificio de un
animal por los pecados del mundo, Jesús se ofreció a si mismo:
“Ahora, al final de los tiempos, se
ha presentado una sola vez y para siempre a fin de acabar con el pecado
mediante el sacrificio de sí mismo” (Hebreos 9:26).
Otra de las grandes lecciones en el Antiguo
Testamento sobre la expiación esta escrita en Isaías 52:12-53:
12; este pasaje es conocido como uno de los pasajes del Sufrimiento del
Siervo. Este pasaje es aplicado a Jesús en el Nuevo Testamento
(Hechos 8:32-35). En Isaías 53, el que era siervo de Dios era
inocente así como Jesús fue sin pecado (Isaías 53:
7,9). El sufrimiento de este siervo fue completo, como lo fue
también el sufrimiento de Jesús (Isaías 53:5,8,12).
El sufrimiento de este siervo no fue un accidente, sino que fue
planeado por Dios, como fue también el sufrimiento de Jesús
(Isaías 53:6,10; Hechos 2:23; 1 Pedro 1:20). El sufrimiento de
este siervo fue vicario, como fue también el sufrimiento de
Jesús (Isaías 53:4-6,12; 2 Corintios 5:21). Finalmente,
el sufrimiento de este siervo fue victorioso como fue también el
sufrimiento de Jesús (Isaías 53:11,12; Romanos 8:37; 1
Corintios 15:54-57). En la muerte de Jesús ganamos la victoria
sobre el pecado, la muerte y Satanás (Hebreos 2:14; Colosenses 2:
14,15).
Jesús profetizó su muerte en estas
palabras: “Esto es mi sangre del
pacto, que es derramada por muchos para el perdón de pecados” (Mateo 26:28). Pablo dijo que la muerte de
Jesús fue “un sacrificio de
expiación” (Romanos 3:25).
Pedro dijo a los cristianos que ellos fueron rescatados por un precio
de la esclavitud del pecado, no con oro ni plata sino, “con la preciosa sangre de Cristo, como de un cordero sin
mancha y sin defecto” (1 Pedro 1:19).
Jesús nos redimió con su sangre “y con tu sangre compraste para Dios gente de toda raza,
lengua, pueblo y nación” (Apocalipsis
5:9; cp. Efesios 1:7; 5:25; Marcos 10:45; Hechos 20:28; 1 Corintios 6:
19,20; 1 Juan 1:7).
La muerte de Jesús fue por toda la humanidad.
Unos enseñan incorrectamente, que Jesús murió
solo por los escogidos de Dios para ser salvos. Ellos dicen que la
expiación es limitada, pero la Biblia dice que Jesús
murió por todo el mundo (Juan 1:29; 3:16,17; 4:42; 2 Corintios 5:19;
1 Juan 2:2; 4:14). Jesús murió por “todos” (2 Corintios
5:14; 1 Timoteo 2:6; Hebreos 2:9; Tito 2:11), aún por los pecadores
(1 Timoteo 1:15; Romanos 5:6-8) y por los que fueron salvos y ahora se han
descarriado (2 Pedro 2:1). Esto es consistente con el carácter
de Dios que quiere que todos se salven (2 Pedro 3:9; 1 Timoteo 2:4).
Aunque Jesús murió por todos, no todos se
salvarán. La expiación está disponible, para
todos, pero solo algunos creerán y se salvarán (1 Timoteo 4:
10).
El medio principal por el cual la muerte de
Jesús redime nuestros pecados es por sustitución.
Jesús fue sin pecado. El fue perfecto, sin mancha.
El no mereció la muerte y el sufrimiento. Aunque no
merecía la muerte, él tomó nuestro lugar y
llevó nuestros pecados sobre sí mismo. El murió
en nuestro lugar. El nos restauró en completa comunión
con Dios, quitando la separación entre nosotros y Dios, causada por
el pecado (Isaías 59:1-2). Pedro dijo: “Cristo murió por los pecados una vez por todas,
el justo por los injustos, a fin de llevarlos a ustedes a Dios” (1 Pedro 3:18). Pablo explica la expiación
detalladamente:
A la verdad, como éramos incapaces de
salvarnos, en el tiempo señalado Cristo murió por los
malvados. Difícilmente habrá quien muera por un justo,
aunque tal vez haya quien se atreva a morir por una persona buena.
Pero Dios demuestra su amor por nosotros en esto; en que cuando
todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros.
Y ahora que hemos sido justificados por su sangre, ¡con
cuánta más razón, por medio de él, seremos
salvados del castigo de Dios! Porque si, cuando éramos
enemigos de Dios, fuimos reconciliados con él mediante la muerte de
su Hijo, ¡con cuánta más razón, habiendo sido
reconciliados, seremos salvados por su vida! (Romanos 5:6-10).
Es por eso que Cristo es la única esperanza de
salvación para el ser humano: “De
hecho, en ningún otro hay salvación, porque no hay bajo el
cielo otro nombre dado a los hombres mediante el cual podamos ser
salvos” (Hechos 4:12). Nadie se
puede acercar al Padre sino por él (Juan 14:6).
La paga del pecado es muerte (Romanos 6:23), pero
Dios no exije la muerte de un humano inocente, contra la voluntad de esa
persona. Dios no dijo al ser humano: “Sacrifica un niño por tus pecados”. En cambio, Dios el Hijo se hizo hombre por medio de
la encarnación y el nacimiento virginal de Cristo. Dios mismo
en la forma del Hijo, vivió una vida perfecta y sin pecado.
Dios mismo proporcionó el sacrificio por el pecado. El
amor de Dios se muestra en la muerte de Jesús en la cruz (Juan 3:16;
Romanos 5:8; Efesios 5:25). Es por eso que los cristianos
ponían tanto énfasis en predicar sobre la muerte de
Jesús en la cruz (1 Corintios 1:23; 2:2; 15:1-4; Gálatas 6:
14). Como cristianos estamos muy agradecidos a Dios por darnos el
gran don, Cristo su hijo. Somos movidos por el amor de Dios, para que
seamos motivados e inspirados a vivir vidas más nobles (Marcos 8:
34-47; 1 Juan 4:19; 2 Corintios 5:14,15; Juan 12:32; 15:13; Filipenses 3:
10; 1 Pedro 2:21; Filipenses 2:5-8; Hebreos 12:1-3). Como cristianos
no nos gloriamos o pensamos que somos una cosa especial, sino que
glorificamos a Cristo por lo que ha hecho por nosotros (Gálatas 6:
14; 2 Corintios 4:5).
La Resurrección de Cristo
Después de su muerte en la cruz, Jesús
fue sepultado en una tumba con una gran piedra cubriendo la entrada.
Pusieron guardias para asegurar el sepulcro. Sin embargo, al
amanecer del primer día de la semana, Jesús resucitó y
dejó la tumba vacía (Mateo 28:1-15; Marcos 16:1-18; Lucas 24:
1-49; Juan 20:1-29; Gálatas 1:1; Efesios 1:20). La
resurrección de Jesús no debe confundirse con las doctrinas
sobre la reencarnación y transmigración de almas. No
nacemos o renacemos una y otra vez en varios cuerpos donde vivimos
diferentes vidas. Solamente nacemos y morimos una sola vez (Hebreos 9:
27). Después, resucitaremos de los muertos para ser juzgados
por Dios y recibir nuestro juicio eterno (Juan 5:29).
Son numerosas las razones por las que los cristianos
creen en la resurrección de Jesús. El sepulcro
quedó vacio, y el cuerpo no fue simplemente robado (Hechos 2:29;
Mateo 28:13). Además, los testigos que vieron a Jesús
vivo después de su resurrección fueron numerosos (Hechos 2:
32; Juan 20:27,28; 1 Corintios 15:4-7). La transformación tan
notable que sucedió en las vidas de muchos se explica mejor por la
resurrección de Cristo. Es por la resurrección de
Cristo que muchos creyeron mientras otros obtenían el valor de
predicar (Juan 7:5; Hechos 1:14; 4:13-21; 5:42). La conversión
tan notable de Saulo, después conocido como el apóstol Pablo
también se explica mejor por la resurrección de Cristo (1
Corintios 15:8-10; Hechos 9:1-22; 22;1-16).
Todos debemos responder en fe a la verdad de la
resurrección de Jesús (Juan 20:27; Romanos 10:9-10).
Todos debemos ser bautizados en semejanza a la muerte, sepultura y
resurrección de nuestro Señor (Romanos 6:1-6; Colosenses 2:
12; 1 Pedro 3:21). Debemos ser motivados a adorar a Jesús por
su resurrección, ya que esto prueba que él es nuestro
Salvador (Mateo 28:9,17; Romanos 1:4; Juan 20:28). Debemos sentir
gran gozo, porque su resurrección nos da esperanza (Mateo 28:8 Juan
20:20; Romanos 6:9). Su resurrección es la prueba de Dios de
que seremos resucitados de los muertos al fin del mundo (Romanos 8:29; 14:
9; 1 Corintios 15:20,23,51-54; Efesios 2:6; Colosenses 1:18; 2 Timoteo 1:
10; Apocalipsis 1:5,17,18). Sin su resurrección, estamos
perdidos en nuestros pecados y todo lo que hagamos en su nombre es en vano
(1 Corintios 15:14-19). Es por medio de la muerte y
resurrección de Jesús que Dios nos ha provisto la
salvación (Romanos 4:25; 1 Pedro 3:21). Al “conocer a Cristo, experimentar el poder que se
manifestó en su resurrección,” lograremos “alcanzar la
resurrección de entre los muertos” y un hogar en el cielo (Filipenses 3:10,11; cp. Juan 14:19;
Romanos 8:11; 1 Corintios 6:14; 2 Corintios 4:14; 1 Tesalonicenses 4:14; 1
Pedro 1:3).
La iglesia primitiva predicó mucho sobre la
cruz y la resurrección de Cristo (Hechos 2:24,31; 4:2,10; 5:30; 13:
30-33,37; 26:22-23). En realidad, esto es una parte integral en la
misión de la iglesia, es decir, predicar la resurrección de
Jesús (Lucas 24:48; Hechos 1:8; 2:32; 3:15; 4:33; 5:32; 10:39-41; 13:
47; 1 Corintios 11:26).
Después de su resurrección,
Jesús ascendió al cielo (Lucas 24:50-53; Hechos 1:6-11).
La ascensión fue el fin de las apariciones
post-resurrección de Jesús, y fue la ocasión de su
exaltación en el cielo por Dios el Padre (Hechos 2:32-36; 7:56;
Colosenses 3:1,2; Hebreos 1:3; 8:1). Pablo después de predicar
sobre la muerte de Cristo en la cruz, predicó sobre la
exaltación de Cristo:
Por eso Dios lo exaltó hasta lo sumo
y le otorgó el nombre
que está sobre todo nombre,
para que ante el nombre de Jesús
se doble toda rodilla
en el cielo y en la tierra y debajo de la tierra,
y toda lengua confiese
que Jesucristo es el Señor,
para gloria de Dios Padre (Filipenses 2:9-11).
A causa de su vida perfecta y su muerte
sacrificatoria, Dios resucitó a Cristo del sepulcro y le dio toda
potestad en el cielo y en la tierra (Mateo 28:18). Dios hizo a Cristo
la cabeza de la iglesia (Efesios 1:20-23; Colosenses 1:16-18; Hechos 4:11;
1 Pedro 2:7; Marcos 12:10). “Dios lo
exaltó como Príncipe y Salvador” (Hechos 5:31). Esto significa que Jesús
está vivo, y está en una posición de autoridad
suprema, y es capaz de interceder por nosotros en el cielo ante Dios
(Romanos 8:34; Hebreos 1:3; 7:25; 8:11,34; 1 Juan 2:1). Cristo es el
Rey de reyes y Señor de señores (Lucas 1:32,33; Apocalipsis
17:14; 19:16). Al considerar la posición de Cristo en el cielo
a la diestra de Dios, deberíamos obedecer a Dios y buscar las cosas
espirituales en vez de las terrenales (Colosenses 3:1,2).
Salvado por Gracia
Ya que merecemos la muerte y el castigo a causa de
nuestros pecados, la salvación necesariamente es por la gracia de
Dios. La gracia es definida como “un favor inmerecido.”
Quizás la parábola del hijo pródigo sea la mejor
ilustración de la gracia (Lucas 15:11-32). Este hijo
juntó toda su herencia y dejando su hogar se fue lejos a una
provincia. Allí él desperdició su herencia
viviendo perdidamente. Cuando todo lo hubo malgastado y tuvo hambre,
decidió volver a su hogar y quizás obtener trabajo como un
jornalero en la casa de su padre. Él no merecía un buen
trato de parte de su padre, sin embargo el padre le recibe con gozo y una
vez más, le trata como un hijo.
Es imposible ganar o merecer de nuestra
salvación. Es imposible pagar por nuestros pecados; no podemos
poner a Dios en una posición de deuda hacia a nosotros.
Sí podemos obrar para Dios y hacer buenas obras, pero ya es
nuestra obligación ser buenos, así que no hay ningún
mérito especial en esto. Aunque seamos buenos, somos como el
siervo en la parábola de Jesús: “No hemos hecho más que cumplir con nuestro
deber” (Lucas 17:10). Esto es lo
que la Biblia quiere decir cuando dice que no podemos ser salvos por las
obras (Gálatas 2:16). Si la salvación fuese por obras,
entonces se nos debería, y ya no sería un don de la gracia de
Dios (Romanos 4:1-8). El apóstol Pablo dice: “Si es por gracia, ya no es por obras; porque en tal
caso la gracia ya no sería gracia” (Romanos 11:5,6; cp. 2 Timoteo 1:9).
Para ser salvos es necesario ser humildes. Si
en alguna manera fuese posible salvarnos por nuestros propios esfuerzos no
seríamos humildes, sino arrogantes. Nos gloriaríamos de
nuestras obras para ser salvos. Es por esta razón que solo
podemos ser salvos por la gracia, para que esta jactancia sea eliminada
(Romanos 3:27; Efesios 2:8-9). El apóstol Pablo es un buen
ejemplo de uno que tiene razón para gloriarse de la habilidad y
éxito humanos (2 Corintios 11:1-12:13). Pero Pablo dijo:
“Pero por la gracia de Dios soy lo
que soy” (1 Corintios 15:10).
¿De qué se gloriaba él? El se gloriaba del
amor de Dios manifestado en Cristo Jesús: “En cuanto a mí, jamás se me ocurra jactarme de
otra cosa sino de la cruz de nuestro Señor Jesucristo” (Gálatas 6:14). “Si
alguien ha de gloriarse, que se gloríe en el Señor” (1 Corintios 1:31; cp. 2 Corintios 10:17).
La salvación es el don gratuito de Dios, ya
que es por gracia. Pablo dijo que somos “por
su gracia justificados gratuitamente mediante la redención que
Cristo Jesús efectuó”
(Romanos 3:24). “Mientras que la
dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, nuestro
Señor” (Romanos 6:23; cp. 2
Corintios 9:14,15; Apocalipsis 22:17). ¿Si la salvación
nos es dada gratuitamente y si es un don de Dios, ¿quiere decir esto
que no tenemos que hacer nada para ser salvos? Pues claro está
que no es así y a lo largo de este libro compartiremos con usted lo
que es necesario que usted haga. Pero por ahora veamos por qué
es necesario hacer algo para ser salvos aunque la salvación sea un
don gratuito de la gracia de Dios.
Aunque la salvación sea un don, es necesario
que la recibamos y la hagamos efectiva en nuestra vida. Somos salvos
por la gracia, pero la gracia es “mediante
la fe” (Efesios 2:8). En las
siguientes páginas de este libro veremos que es necesario
arrepentirnos y obedecer a Dios si deseamos ser salvos.
¿Qué es lo que nos salva? ¿Nuestra fe?
¿La gracia de Dios? ¿Nuestra obediencia?
Una simple ilustración nos puede explicar esta aparente
contradicción. Imaginémonos que es el medio día
y estás con dos amigos en un cuarto que tiene una ventana.
Usted le pregunta a sus dos amigos ¿por qué hay luz en
el cuarto? Un amigo dice: “Porque hay una ventana.”
El otro dice: “Hay luz en el cuarto porque el sol
está resplandeciendo.” ¿Cuál respuesta de
los dos amigos es correcta? Las dos respuestas son correctas.
El sol es el origen de la luz, pero la ventana es un
“medio” necesario para que la luz entre al cuarto. El sol
es la causa de la luz, pero la luz entra “a través” de
la ventana.
Nuestra salvación es semejante a esto.
Así como el sol es el origen de la luz, lo que en realidad nos
salva es Dios, Cristo, el Espíritu Santo, la sangre de Jesús,
y la gracia de Dios. Sin embargo, Dios no impone la salvación
en ningún ser humano. Nosotros debemos proveer el ingrediente
necesario a través del cual la gracia de Dios entra en nuestra vida
y nos salva. ¿Cuál es “la ventana” por la
cual la salvación llega a nuestras almas? Es la “fe” (Efesios 2:8;
Romanos 5:1,2). Es también como ya veremos, el
arrepentimiento, la obediencia, el bautismo, lo cual investigaremos en
más detalle en breve. No nos ganamos o merecemos nada cuando
somos bautizados. El bautismo es solamente el medio “por”
el cual o “a través” del cual Dios nos salva. El
apóstol Pablo dijo: “Él
nos salvó, no por nuestras propias obras de justicia sino por su
misericordia. Nos salvó mediante el lavamiento [bautismo] de la
regeneración y de la renovación por el Espíritu
Santo” (Tito 3:5; cp. Hechos 2:38;
22:16; 1 Pedro 3:21).
La salvación por gracia no es para que
nosotros dejemos nuestros esfuerzos de ser buenos y de vivir vidas santas.
No debemos tomar la gracia de Dios como un hecho. No debemos
suponer que podemos pecar cuanto queramos, y que Dios nos perdonará
automáticamente (Romanos 6:1,2; 2 Pedro 2:17-22; Judas 4).
Así, terminamos esta sección sobre la gracia de Dios
con la exposición clásica de Pablo sobre esta doctrina:
“Porque por gracia ustedes han sido
salvados mediante la fe; esto no procede de ustedes, sino que es el regalo
de Dios, no por obras, para que nadie se jacte” (Efesios 2:8,9).
Fe
Ya que somos salvos “mediante
la fe” (Efesios 2:8; Romanos 1:16), es
importante comprender este concepto tan importante. Jesús dijo:
“Pues si no creen que yo soy el que
afirmo ser, en sus pecados morirán” (Juan 8:24; cp. Hechos 15:9). Es necesario creer que
Dios existe (Hebreos 11:6). Es necesario creer que Jesús es el
Hijo de Dios (1 Juan 5:1; Romanos 10:9,10). Tenemos la promesa de que
si creemos en Jesús, no nos perderemos sino que tendremos vida
eterna (Juan 3:16,18,36; 6:35; 11:26; 20:30,31; Hechos 10:43; 16:31).
Somos justificados por la fe (Romanos 3:24, 28; 5:1; Gálatas 2:
16; 3:24). Ya que la fe es tan crucial para ser salvos,
¿Qué es la fe?
La fe, o creencia, se inicia con el conocimiento.
Comienza con un consentimiento mental de ciertas verdades.
Pablo preguntó:
Ahora bien, ¿cómo invocarán a
aquel en quien no han creído? ¿Y cómo
creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y
cómo oirán si no hay quien les predique?... Así
que la fe viene como resultado de oír el mensaje, y el mensaje que
se oye es la palabra de Cristo (Romanos 10:14-17).
Así que la fe se inicia por el oír de
Dios y Jesús y con la aprobación de ciertas verdades en
cuanto a ellos. Pero la fe que nos salva es mucho más que
esto. Esto es solo el comienzo. Por ejemplo, yo puedo creer que
una persona es un doctor, que ella ha recibido su educación en
medicina, y que su diagnóstico sobre mi enfermedad es correcto.
Yo puedo creer que la medicina que ella ha recetado sanará mi
enfermedad. Sin embargo, todo esto es en vano, si yo no tengo la
suficiente confianza en el doctor como para tomar la medicina.
Así mismo, una fe que solo cree en la existencia de Dios, pero
que no confía y obedece a Dios, no es mucha fe. Comó
dijo Santiago: “También los
demonios lo creen, y tiemblan” (Santiago
2:19). Los demonios creen que Dios existe. Ellos tienen temor
del poder de Dios y tiemblan de miedo, pero no obedecen a Dios y no son
salvos.
La fe que nos salva es una fe que tiene confianza en
Dios. Hacer un compromiso y actuar sobre lo que uno cree que es
verdad, es la fe que nos salva. Note cómo esto es modelado por
los grandes héroes de la fe en la Biblia (Hebreos 11:1-38). Si
nuestra fe se limita a un consentimiento mental, entonces es una fe muerta
y no nos salva (Santiago 2:14-26). Nuestra fe debe ser una fe activa
(Gálatas 5:6). Algunos pueden decirnos que para ser salvos
solo es necesario firmar nuestro nombre en un libro afirmando que creemos
que Jesús es el Hijo de Dios. Sin embargo, creer en
Jesús, o tener fe en él, es mucho más que esto.
La fe que salva es cambiar nuestra lealtad, nuestra prioridad, y la
dirección de nuestras vidas. Por tanto es necesario vivir por
fe, siguiendo y obedeciendo a Jesús cada día de nuestra vida.
“El que cree en el Hijo tiene vida
eterna; pero el que rechaza al Hijo no sabrá lo que es esa vida,
sino que permanecerá bajo el castigo de Dios” (Juan 3:36).
Arrepentimiento
El arrepentimiento fue una parte clave en la
predicación de Jesús sobre el reino de Dios (Mateo 3:2; 4:17;
Marcos 1:15; 6:12). También fue una parte frecuente en la
predicación de la iglesia primitiva (Hechos 2:38; 3:19; 26:20).
Antes de ascender al cielo, Jesús dijo: “En su nombre se predicarán el arrepentimiento y
el perdón de pecados a todas las naciones” (Lucas 24:47). Ya que el pecado es universal, es necesario
que el arrepentimiento sea también universal. Pablo dijo que
Dios “ahora manda a todos, en todas
partes, que se arrepientan” (Hechos
17:30). El arrepentimiento es importante porque es una parte esencial
de lo que debemos hacer para ser salvos (Hechos 2:28; 3:19; 11:18).
Es por esto que Dios desea que todos se arrepientan, y él en
su paciencia nos da muchas oportunidades para hacerlo (2 Pedro 3:9).
Cuando un pecador se arrepiente hay gozo en el cielo (Lucas 15:7,10).
¿Qué es arrepentimiento? La
palabra “arrepentimiento” en el idioma griego (una gran parte
del Nuevo Testamento fue escrito en el idioma griego) significa “un
cambio de pensamiento, remordimiento, alteración, conversión,
el principio de una nueva vida religiosa y moral” (BAGD, 512). La tristeza por
haber pecado contra Dios es parte del arrepentimiento. Pablo dijo:
“La tristeza que proviene de Dios
produce el arrepentimiento que lleva a la salvación, de la cual no
hay que arrepentirse” (2 Corintios
7:10), pero algunos se confunden en este punto. Hay diferentes clases
de tristeza. Muchos se entristecen porque han sido atrapados en el
pecado. Otros se entristecen porque están siendo castigados
por sus pecados. Si nuestra tristeza no va más allá de
esto, no nos hemos arrepentido. Arrepentimiento es estar entristecido
lo suficiente como para cambiar nuestra actitud. Arrepentimiento es
estar lo suficientemente entristecidos por nuestros pecados, como para
hacer un compromiso de ser mejores (Mateo 21:28-31). Cambiamos la
dirección de nuestras vidas. Es muy notable en la Biblia la
frecuencia con que el ser humano es animado, a obrar de tal manera que
otros puedan ver que se ha arrepentido (Mateo 3:8; Lucas 3:8; Hechos 26:
20). El arrepentimiento es muy fácil de definir, pero no es
fácil ponerlo en práctica. El arrepentimiento es el
punto en que dejamos de vivir para nosotros mismos y comenzamos a obedecer
a Dios.
Obediencia
Si un hijo le dice a su padre que lo ama, pero le
desobedece, su acción es inconsistente con su afirmación de
amor (Mateo 21:28-31). La obediencia a Cristo y a Dios no es
opcional. En el análisis final, la obediencia es indispensable
si amamos a Dios y a Cristo. No hay otra manera para mostrar nuestro
amor a Dios, sino por la obediencia: “En
esto consiste el amor a Dios; en que obedezcamos sus mandamientos” (1 Juan 5:3; cp. 1 Juan 2:5; 2 Juan 6). Jesús
dijo: “Si ustedes me aman,
obedecerán mis mandamientos” (Juan
14:15; cp. Juan 15:10). Nuestra alma es purificada por la obediencia
a la verdad (1 Pedro 1:22). La salvación es para los que
obedecen (Hebreos 5:9; Hechos 10:34,35). El juicio de Dios
será sobre los que no obedecen el Evangelio de nuestro Señor
Jesucristo (2 Tesalonicenses 1:7-9).
No basta con decir que amamos, creemos y seguimos al
Señor. Jesús dijo: “No
todo el que me dice: ‘Señor, Señor’,
entrará en el reino de los cielos, sino sólo el que hace la
voluntad de mi Padre que está en el cielo” (Mateo 7:21). No obstante, si usted considera que la
obediencia a Dios es demasiado difícil, no se desanime. Aunque
la obediencia es absolutamente indispensable para ser salvos, no es cosa
insuperable para los que en verdad aman y creen en el Señor.
Juan nos dice que “éstos no
son difíciles de cumplir” (1 Juan
5:3). Cuando reconocemos lo que Cristo ha hecho en venir al mundo y
morir en la cruz por nosotros, vamos a desear obedecerle y lo haremos con
gozo.
Libre Albedrío
La salvación es un don gratuito por la gracia
de Dios, pero es condicional. El evangelio es predicado, pero es
necesario que las personas crean. Dios ofrece el perdón de
pecados gratuitamente, pero es necesario arrepentirnos. Dios es
misericordioso, pero es necesario obedecerle. La salvación ya
fue pagada por Cristo con su sacrificio expiatorio, pero es eficaz
solamente para los que rinden sus vidas a la voluntad de Dios. A
través de la Biblia, dos opciones se le ofrecen al ser humano, el
camino de vida y el camino de muerte (Deuteronomio 30:15; Hechos 2:40).
Somos libres para escoger el camino de nuestra preferencia.
Podemos escoger o rechazar a Jesús (Juan 14:6; Mateo 11:
28-30). Dios da mucho incentivo para hacer lo bueno. En
contraste, él hace que la vida de pecado sea vana e inútil
para motivarnos al arrepentimiento, pero Dios no nos obliga a hacer el bien
o el mal.
El hecho de que nos mande que creamos, nos
arrepentamos y obedezcamos, implica que somos libres para escoger.
Algunos, enseñan equivocadamente que el ser humano no tiene
libertad de voluntad y que todo humano es predestinado para obedecer a Dios
o vivir en el pecado y rebeldía. Otros de igual manera
enseñan que Dios predestinó a unos para ser salvos, a otros
para condenación, y que no somos libres de escoger nuestro destino.
Si Dios nos va a hacer responsables por nuestros pecados, tiene que
ser porque libremente hemos escogido desobedecerle. La Biblia nos
enseña que podemos escoger entre lo bueno y lo malo (Santiago 4:17;
Juan 7:17; Hechos 13:46). Dios nos llama a vivir una vida santa en
obediencia a su palabra y así el resultado será nuestra
salvación (1 Tesalonicenses 2:12; 1 Timoteo 6:12; Hebreos 9:15; 1
Pedro 2:9), este llamado es ofrecido a todo ser humano por medio de la
predicación del evangelio (2 Tesalonicenses 2:14). Nosotros
escogemos responder a este llamado arrepentiéndonos, lo cual es un
cambio de mente, voluntad y corazón.
Dios no ha predeterminado si vamos a creer o
arrepentirnos. La Biblia sí nos revela que Dios
determinó ciertas cosas desde antes de la fundación del
mundo. Dios escogió, que Cristo descienda al mundo para
salvarnos del pecado (Hechos 2:23; 1 Pedro 1:18-20). La Biblia
aún habla de la predestinación, pero esto no es que Dios
escoge a unos para salvación y otros para condenación.
No es una predestinación individual, sino una
predestinación general de ciertas clases o tipos de individuos.
Dios predestinó que los que crean en Cristo y que vivan cierto
tipo de vida serán salvos (Romanos 8:28-30; Efesios 1:4,5,11; 2
Tesalonicenses 2:13; 1 Pedro 1:2-3).
Una ilustración, compara la doctrina de la
predestinación con un maestro de educación en la escuela.
Si el maestro decide quién aprueba y quién no sin dar
oportunidad al alumno de estudiar o tomar una prueba, esto sería
injusto. Pero si el maestro decide que todo alumno que obtiene de
90-100 obtiene una clasificación de “A”, los que
obtienen 80-89 una “B”, etcétera, esto si sería
justo. Así, Dios escogió antes de la fundación
del mundo que los que crean en Cristo y vivan vidas santas serían
salvos. Los que rechazan a Cristo y viven vidas en el pecado y
rebeldía serán condenados. Dios nos deja escoger con
libre voluntad que tipo de vida vivimos.
Bautismo
El bautismo es muy importante, porque es el punto en
nuestra vida donde somos iniciados en la iglesia.
“Bautismo” proviene del griego baptisma y el verbo
“bautizar” de la palabra baptidzo. El bautismo debe ejecutarse por inmersión,
sumergiendo completamente al creyente en agua. La palabra griega para
denotar “bautismo” significa “inmersión, hundir,
bautizar” (BAGD, 131). Estas palabras no significan o denotan
“rociar” o “hechar,” agua sobre el creyente.
Aún, sin saber el significado de estas palabras en el griego,
usted puede conocer que el bautismo debe ejecutarse sumergiendo al creyente
en agua. El simbolismo del bautismo es que morimos a la vieja manera
de vivir habiéndonos arrepentido del pecado. Al ser sumergidos
en las aguas del bautismo, la vieja vida queda en el pasado. Al
ascender de las aguas del bautismo somos resucitados a una nueva forma de
vida. Ahora debemos seguir a Cristo como cristianos y vivir en
santidad (Romanos 6:3-6; Colosenses 2:12).
Sabemos que el bautismo fue realizado por
inmersión en agua en el primer siglo, porque la gente venía a
lugares donde había mucha agua (Juan 3:23; Marcos 1:4,5; Hechos 8:
36). Si el bautismo hubiera sido realizado por rociamiento, el que lo
ejecutaba hubiera suplido el agua y no hubiera sido necesario ir a donde
había mucha agua para bautizar a la gente. Quizás surja
esta pregunta: ¿Qué diferencia puede hacer un poco de
agua? Sin embargo, el punto aquí no es la cantidad de agua,
sino que, debemos obedecer a Dios que nos mandó que seamos
sumergidos en agua. Además, la inmersión es consistente
con el simbolismo que hemos muerto a la vieja manera de vivir, somos
sepultados, y resucitamos a una nueva vida.
¿Quién debe ser bautizado? El
bautismo es para los que han creído y se han arrepentido de sus
pecados (Marcos 16:16; Hechos 2:38). El bautismo es para los que han
escogido con libre voluntad ser cristianos y después seguir y servir
a Cristo. El Nuevo Testamento no menciona el bautismo de niños
como tal. Ellos son menores de edad y no pueden entender, mucho menos
discernir todas las cosas que ya hemos discutido hasta aquí.
Así que, bautizar a un niño como muchas iglesias
equivocadamente lo hacen, quizás sea una ceremonia sentimental que
la tradición de hombres ha creado, pero ni Jesús ni los
apóstoles lo mandaron. Un niño no tiene pecado y por
tanto es inocente ante Dios (Mateo 18:2-4; 19:13-15; Romanos 9:11; 1
Corintios 14:20; Deuteronomio 1:39). Los niños que mueren van
al cielo.
Algunos creen que Efesios 2:3 y Salmos 51:5 son
prueba de que los niños son pecadores desde su nacimiento y deben
ser bautizados para quitar la culpa del pecado original heredado de
Adán. Pero cuando Pablo escribió que los cristianos
efesios habían sido “por naturaleza
objeto [hijos] de
la ira de Dios” (Efesios 2:3), no
está hablando de cuando eran niños. “Hijos
de” simplemente significa que poseemos ciertas cualidades (Marcos 3:
17; Juan 12:36; Hechos 4:36; 1 Tesalonicenses 5:5; Efesios 2:2; 5:6, 8).
En Efesios Pablo está hablando de cuando los Efesios
cristianos eran ya adultos y no de cuando eran niños. Ellos
vivían en pecado, así pues, estaban bajo la ira de Dios.
La frase “por naturaleza” no significa “por
nacimiento” (Gálatas 2:15; Romanos 11:21, 24), sino que
significa una condición adquirida que se ha hecho cosa natural en el
hombre (1 Corintios 11:14; Romanos 2:14). Los Efesios habían
adoptado un estilo de vida pecaminoso. Vivir vidas pecaminosas
llegó a ser cosa natural para ellos, sin embargo, esto fue algo que
ellos escogieron por su propia voluntad y no una condición depravada
en que ellos habían nacido. Además, Salmos 51:5, solo
nos enseña que David viviendo en un mundo lleno de pecado, fue muy
sensible al pecado desde una edad muy temprana (cp. Isaías 48:8; 1
Samuel 20:30).
Una de las razones primordiales por cual los adultos
son bautizados es para recibir el perdón de pecados. Un
niño no tiene necesidad de esto. El acto del bautismo en
sí mismo no tiene la habilidad de salvarnos. Es un
espíritu de confianza y obediencia en el que es bautizado lo que es
importante (1 Pedro 3:21). Bautizar un niño, que no tiene idea
de lo que está haciendo, es inútil. Solo le
causará confusión cuando sea adulto. Así que, el
bautismo es para los que tienen la edad suficiente para creer, confesar su
fe en Cristo, arrepentirse de sus pecados, y tener la habilidad para tomar
la decisión de seguir a Cristo (Hechos 8:12, 36; 16:33; 18:8).
¿Por qué es necesario ser bautizado?
Es necesario para que obedezcamos a Dios y a Cristo (Mateo 28:18,19),
para recibir el perdón de nuestros pecados (Hechos 2:38), para lavar
nuestros pecados (Hechos 22:16; Hebreos 10:22), para recibir el don del
Espíritu Santo (Hechos 2:38; 5:32; Romanos 8:15; 2 Corintios 1:22; 5:
5; Gálatas 4:6 Efesios 1:13,14), para ser salvos (Marcos 16:15,16; 1
Pedro 3:21), para unirnos con Cristo (Romanos 6:3-6), para ser revestidos
de Cristo (Gálatas 3:26-27), para ser añadidos a la iglesia
de Cristo o sea al cuerpo de Cristo (Efesios 1:22-23; Hechos 2:41-47), para
ser santificados (Efesios 5:25-27), y para nacer de nuevo y ser renovados
por el Espíritu Santo (Jn, 3:5; Tito 3:5).
El acto del bautismo, aparte de la fe y el
arrepentimiento, no nos salva. Las acciones externas solamente no
pueden limpiar a la alma ni el espíritu de una persona (1 Pedro 3:
21, Juan 3:3-8). La razón por la cual el bautismo es eficaz es
porque ponemos nuestra fe en acción, confiando en Dios, invocando su
nombre (Hechos 22:16; Romanos 10:13), y apelamos ante Dios por una buena
conciencia (1 Pedro 3:21). Por parte de Dios, el bautismo es eficaz
porque nos concede el beneficio del sacrificio expiatorio de Jesús
al ser bautizados (Romanos 6:3-6). En el bautismo recibimos la
esperanza de la resurrección basada en la resurrección (1
Pedro 3:21). Através de la historia del cristianismo el
bautismo ha sido reconocido por cristianos fieles como la
demarcación que separa a los cristianos de los no-cristianos,
miembros de la iglesia de los no-miembros, y los salvos de los no-salvos.
Antes de ser bautizado quizás usted pueda
tener una medida de fe en Cristo y le sigue hasta cierto punto, pero no ha
sido unido con él (Romanos 6:3-6; Gálatas 3:27). El
bautismo es semejante a una ceremonia matrimonial. Es donde usted
hace su confesión de fe en Cristo y promete serle fiel (1 Timoteo 6:
12-13; 1 Juan 4:2-3, 15; Mateo 10:32-33; Lucas 12:8-9; Romanos 10:9-10).
Antes de ser bautizado usted estaba apartado de Cristo, y no hay
esperanza aparte de Cristo (Efesios 2:12). Sin embargo, en Cristo
usted tiene “toda bendición
espiritual” (Efesios 1:3), la
salvación (2 Timoteo 2:10) y el perdón de pecados (Efesios 1:
7; Colosenses 1:14). En el bautismo Dios nos transfiere de estar sin
Cristo a estar en Cristo. Es allí donde nos pone Dios
“en” Cristo (Romanos 6:3; Gálatas 3:27).
El bautismo es solo para quienes creen en Cristo
(Marcos 16:16), que se han arrepentido (Hechos 2:38) y se han comprometido
a vivir como cristianos (1 Pedro 3:21). Si usted cree en Cristo como
el Hijo de Dios, usted debe ser bautizado para estar en Cristo y así
convertirse en un cristiano y miembro de su iglesia ¿Cómo
puede hacer usted esto? Usted busque una iglesia o un predicador que
practique el bautismo por inmersión y solicite ser bautizado.
Si le piden a usted que esté de acuerdo con algo más
que la Biblia, déjelos y busque otra iglesia. Si un predicador
trata de decirle que el bautismo es una ceremonia simbólica y
que no tiene nada que ver con su salvación, no le crea.
Dedíquese al estudio de la Biblia sobre el bautismo y afirme
su creencia en lo que ella dice sobre el bautismo (Hechos 2:38; 22:16;
Marcos 16:16; 1 Pedro 3:21). Si usted no puede encontrar a nadie que
lo bautice según la verdad, usted puede pedirle a un amigo o
pariente que lo haga.
La Biblia no nos dice exactamente como llevar a cabo
o que palabras decir en el bautismo, pero lo siguiente sería
apropiado, reverente y agradable a Dios. Primero haga una
oración, confesando a Dios que usted es un pecador, pidiendo en esa
oración que Dios lo acepte como un cristiano, confesando que usted
cree en Cristo como el Hijo de Dios, y prometiendo seguir la verdad de Dios
por el resto de su vida. Usted y la persona que le va a bautizar
pueden descender al agua, ya sea un río, piscina o cualquier lugar
con suficiente agua para sumergirse completamente bajo agua. La
persona que le va a bautizar puede decir esto: “porque has confesado que crees que Cristo es el Hijo de
Dios, yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo para perdón de tus pecados” (Mateo
28:19; Hechos 2:38). El bautizador debe sumergirle por completa bajo
el agua momentáneamente. Cuando ascienda del agua sería
apropiado una vez más orar a Dios y darle gracias por Jesús
nuestro salvador, y porque le ha perdonado sus pecados, pidiéndole
que le siga ayudando a madurar en su vida cristiana.
Ya que usted ha sido bautizado, usted es como un
niño recién nacido o sea ya es un hijo de Dios (1 Pedro 2:2).
El Espíritu Santo ya está en usted para hacerlo santo o
sea para santificarlo (1 Corintios 6:11; Efesios 5:25-27; 1 Corintios 3:
16-17; 6:19-20). Ahora sí, usted es un miembro de la iglesia
por la cual Jesús murió en la cruz (Mateo 16:18; Hechos 20:
28). Su nombre está escrito en el libro de la vida, o sea, el
libro donde están escritos los nombres de los salvos (Apocalipsis 20:
15). Sus pecados ya han sido lavados (Hechos 22:16). Todo lo
que ya hemos mencionado, no quiere decir que usted nunca más va a
pecar (Romanos 7:15-25). La tentación es parte de la lucha del
cristiano. Pero ahora que usted es un cristiano no es necesario
bautizarse una y otra vez cada que usted comete un pecado. Cuando
cometa un pecado, arrepiéntase de ese pecado y ore a Dios para que
lo perdone (1 Juan 1:6-10). También, es necesario, buscar una
iglesia que crea en la Biblia, para que usted adore a Dios con otros
cristianos y así sea estimulado por ellos a vivir en Cristo.
Ya que usted ahora es un cristiano, debe portarse como un cristiano,
lo cual es el tema que trataremos en las próximas secciones.
La Vida Cristiana
Una vez que usted se ha hecho cristiano, usted debe
continuar viviendo una vida fiel y agradable a Dios. Si usted se
aparta de Cristo y otra vez vive una vida impía, o sea una vida de
pecado, usted puede perder su salvación. Algunos,
enseñan equivocadamente que una vez que usted es salvo, usted
siempre es salvo y que no importa lo que usted obre en el futuro. Sin
embargo, está enseñaza es contraria a lo que está
escrito en la Biblia (1 Corintios 9:27; 10:5-12; Gálatas 5:1-4; 1
Timoteo 4:1, 16; 2 Timoteo 4:10; Hebreos 3:12; 6:4-8; Santiago 5:19,20; 2
Pedro 2:20-22; Apocalipsis 2:4,5; Lucas 8:11-15; Juan 15:1-14). Si ya
siendo salvo es imposible perder nuestra salvación, entonces
habría menos motivación para vivir piadosamente. La
gracia de Dios no apareció solo para salvarnos, sino también
para cambiar nuestras vidas para mejor. Pablo dijo: “En verdad, Dios ha manifestado a toda la humanidad su
gracia, la cual trae salvación y nos enseña a rechazar la
impiedad y las pasiones mundanas. Así podremos vivir en este
mundo con justicia, piedad y dominio propio” (Tito 2:11,12).
Así que, ya siendo cristianos.
¿Cómo debemos vivir? Se dicía de los
cristianos del primer siglo que ellos andaban en “el Camino” (Hechos 9:2;
19:9,23; 22:4; 24:14,22). La palabra “Camino” es
metafóricamente “la manera de vivir, la manera de actuar, la
manera de conducirse” (BAGD, 553-554). Jesús dijo que él era “el camino” (Juan 14:
6), o sea el medio para ir al cielo. La forma en que seguimos
“el camino” es imitando a Jesús en nuestras vidas.
Desde muy temprano en las enseñanzas cristianas, se habla de
dos caminos. Hay un camino en el cual debemos vivir y otro en el cual
no debemos vivir. Está el camino recto o justo y el malo o
injusto, el camino virtuoso y el del vicio, el que nos conduce a la vida
eterna y el que nos conduce a la muerte, el del Espíritu y el de la
carne o sea del hombre. La vida cristiana es “el camino de la justicia” (2
Pedro 2:21; cp. Mateo 7:13,14; Lucas 13:23,24).
Si la vida cristiana es como un “camino”
entonces vivir cristianamente es “andar” en el camino, y
así la Biblia frecuentemente usa la palabra “andar” para
describir la vida cristiana (BAGD, 649). El apóstol Juan hace un buen resumen
de esto: “De este modo sabemos que
estamos unidos a él: el que afirma que permanece en él,
debe vivir como él vivió” (1
Juan 2:5b-6). En el aspecto pasivo no debemos andar según la
carne, en pecado, o en las tinieblas (Romanos 8:4; Efesios 2:1-2; 4:17;
Colosenses 3:5-7; 2 Tesalonicenses 3:6,11; 1 Juan 1:6; 2:11). En el
aspecto activo debemos andar según el Espíritu, en la luz, o
en la verdad (Romanos 8:4; 2 Corintios 5:7; Gálatas 5:16; Efesios 2:
10; 4:1; 5:2,8,15; Colosenses 1:10; 2:6; 4:5; 1 Tesalonicenses 2:12; 1 Juan
1:7; 2 Juan 4,6; 3 Juan 3,4).
El término griego similar a esto es la
palabra para describir el “camino de vida, la manera de conducirse, y
la manera de comportarse” (BAGD, 61). Los cristianos deben abandonar la pasada
manera de vivir o sea la vida de pecado (Efesios 4:22). y vivir vidas
justas en Cristo Jesús (1 Timoteo 4:12; Santiago 3:13; 1 Pedro 1:15;
2:12; 3:1-2, 16; 2 Pedro 3:11). Pablo dijo a la iglesia en Efeso:
“Con respecto a la vida que antes
llevaban, se les enseñó que debían quitarse el ropaje
de la vieja naturaleza, la cual está corrompida por los deseos
engañosos” (Efesios 4:22; cp.
Colosenses 3:5-9). En cambio, “Ponerse
el ropaje de la nueva naturaleza, creada a imagen de Dios, en verdadera
justicia y santidad” (Efesios 4:24;
cp. Colosenses 3:10). Es obviamente claro que como cristianos debemos
perseguir un estilo de vida definido.
¿Cómo definimos el camino de vida del
cristiano? El criterio no es un conjunto de reglas como los diez
mandamientos del Antiguo Testamento. Las reglas solo sirven para
dirigirnos a una autoridad superior que da validez a las reglas.
Aunque hay muchos mandamientos específicos sobre lo que
podemos hacer o no hacer como cristianos, el ejemplo verdadero es Dios
mismo. La razón por la cual cierta conducta es buena es porque
está de acuerdo con la manera que Dios actúa. La
razón por la cual cierta conducta no es buena es simplemente porque
Dios no actuaría de esa manera. Pablo dijo que como cristianos
nuestra “nueva naturaleza” debe ser “creada a imagen
de Dios” o “a
imagen de su Creador” (Efesios 4:24;
Colosenses 3:10). Pablo nos dice que debemos “imitar a Dios” (Efesios 5:
1). Jesús también dijo que Dios es nuestro ejemplo:
“Por tanto, sean perfectos,
así como su Padre celestial es perfecto” (Mateo 5:48). “Sean
compasivos, así como su Padre es compasivo” (Lucas 6:36). Pedro también dijo: “Sean ustedes santos en todo lo que hagan, como
también es santo quien los llamó; pues está escrito:
‘Sean santos, porque yo soy santo’” (1 Pedro 1:15-16). Cristo también es un
ejemplo perfecto para nosotros (Filipenses 2:5; 1 Pedro 2:21-24; 1
Corintios 11:1). Siendo que Dios mismo es nuestro ejemplo, nuestra
meta de imitar a Dios es una meta muy alta. Aunque nunca ejecutemos
esto a la perfección, viviremos mejor tratando de ser tan perfectos
y santos como Dios. Debemos ser estimulados por el ejemplo de Dios
para progresar moral y espiritualmente en santidad y, ya que la
perfección por el esfuerzo humano es imposible, debemos depender
más y más en la gracia y el amor sustentador de Dios.
Una palabra griega muy interesante que se usa en el
Nuevo Testamento es traducida “digno”. Esta palabra
significa “corresponder, comparable o semejante” (BAGD, 78). En muchos
pasajes del Nuevo Testamento se nos anima a vivir vidas
“dignas” de algo más. Esto significa que nuestras
vidas deben corresponder a, ser comparable, o igual a algo más.
Debemos vivir de “una manera digna
del evangelio de Cristo” (Filipenses 1:
27), “digna de Dios” (1 Tesalonicenses 2:12), y “digna del Señor, agradándole en
todo” (Colosenses 1:10). Debemos
vivir de “una manera digna del llamamiento
que han recibido” (Efesios 4:1).
¿Qué es nuestro llamado? “Dios no nos llamó a la impureza sino a la
santidad” (1 Tesalonicenses 4:7; cp. 1
Timoteo 4:9; Efesios 1:4). Dios nos “llamó
de las tinieblas a su luz admirable” (1
Pedro 2:9). Dios nos llama “hijos de
Dios” (1 Juan 3:1). Dios nos ha “llamado a ser santos” (Romanos 1:7; 1 Corintios 1:2). Los santos no son
unas pocas personas buenas que el Papa ha canonizado. Todo cristiano
es un santo. La palabra “santo” significa “el santo
o el sagrado,” y somos santificados, es decir somos hechos santos por
el bautismo (1 Corintios 6:11; Efesios 5:25-27). Dios nos ha llamado
a ser santos por lo tanto debemos comportarnos como santos.
El corazón de la vida cristiana es el amor (1
Corintios 13:1-3, 13). Pablo dijo: “No
tengan deudas pendientes con nadie, a no ser la de amarse unos a otros.
De hecho, quien ama al prójimo ha cumplido la ley” (Romanos 13:8). “En
efecto, toda la ley se resume en un solo mandamiento: ‘Ama a tu
prójimo como a ti mismo’” (Gálatas
5:14; cp. Santiago 2:8; Mateo 22:36-40). Pablo nos da una
descripción bien detallada de cómo una persona que ama debe
comportarse (1 Corintios 13:4-7). Cristo mismo es nuestro ejemplo de
cómo debemos amar (Efesios 5:2,25; 1 Juan 3:23). Debemos amar
tal como él nos ha amado (Juan 13:34; 15:9-12). Una
razón por la cual el amor es muy importante en la vida del cristiano
es porque nuestro comportamiento exterior es la base de lo que somos
interiormente (Mateo 12:33-35; 15:18,19; 23:25,26; Lucas 6:43,44).
Para ser genuinos o verdaderamente buenos, debemos cambiar nuestro
corazón y actitud (Romanos 12:1,2; Salmos 51:10; 119:36; 2 Corintios
10:5; Efesios 4:22,23). Nuestra personalidad interior debe ser pura y
amable, para que nuestro comportamiento exterior sea bueno. En
nuestro esfuerzo de vivir cristianamente debemos evitar tanto las obras
externas pecaminosas como los pecados internos de un corazón
malvado.
Hay muchas otras cualidades o virtudes positivas que
son parte de la vida cristiana, como humildad, generosidad, paciencia,
hacer el bien a otros, devoción a Dios, compasión, y una
actitud de perdón (Efesios 4:32). Haga una lista de cualidades
buenas que usted debe esforzarse por lograr en su vida cristiana a partir
de estos pasajes de la Biblia: Mateo 5:3-9; Gálatas 5:22,23;
Colosenses 3:12-17; 1 Timoteo 6:11; Santiago 3:13,17,18; 2 Pedro 1:5-7.
Cuando ya recopile en su lista todas las cualidades buenas,
contrástelas con los vicios y malas cualidades que usted debe evitar
que se mencionan en estos pasajes: Romanos 1:29-31; 1 Corintios 6:
9,10; Gálatas 5:19-21; Colosenses 3:5-10; 1 Timoteo 1:9-11; 2
Timoteo 3:2-5; Santiago 3:14-16; 1 Pedro 2:1,2.
La mejor manera de aprender más sobre la vida
cristiana es leyendo las grandes secciones en el Nuevo Testamento que
hablan sobre este tema. Muchas de estas secciones componen
aproximadamente la segunda mitad de un libro del Nuevo Testamento. La
primera mitad es enseñanza o doctrina que explica la base religiosa
de por qué debemos vivir de tal manera. La segunda mitad del
libro nos dice cómo la fe cristiana es puesta en práctica en
nuestras vidas (Tito 2:1). Estudie las siguientes secciones de la
Biblia sobre cómo vivir la vida cristiana. La Biblia nos
enseña sobre muchas cosas, como la familia, negocios, nuestra
relación con el gobierno, integridad personal, moralidad sexual, y
muchas otras cosas (Mateo 5:1-7:28; 18:1-35; Romanos 12:1-14; Efesios 4:
17-6:20; Colosenses 3:1-4:6; 1 Tesalonicenses 4:1-12; Tito 2:1-11; Hebreos
12:1-13:19; Santiago 1:2-5:20; 1 Pedro 2:11-5:11). Ejercítate
como un cristiano en “la piedad” (1 Timoteo 4:7). “Segue
la justicia, la piedad, la fe, el amor, la constancia y la humildad” (1 Timoteo 6:11).
La Iglesia
El significado de la palabra “iglesia”
en el griego es “asamblea, reunión, junta,
congregación, o iglesia” (BAGD, 240-41). Cuando usted se imagine la iglesia, no la
confunda con el edificio. La iglesia puede poseer un edificio u otra
propiedad, pero la iglesia se compone de gente que Cristo ha salvado.
Cuando usted se imagine la iglesia, no la confunda con su
organización, jerarquía, obispos, o estructura
denominacional. Reiteramos, la iglesia se refiere a gente que ha sido
salvada, y no de una organización o institución.
Aún antes que el Nuevo Testamento fuera escrito, como dos
siglos antes que Cristo naciera, los Judíos ya habían
traducido el Antiguo Testamento al griego. Ellos usaban el
término “iglesia” frecuentemente en el Antiguo
Testamento griego, y allí se usa con referencia al pueblo de Dios,
los Judíos. Igualmente, en el Nuevo Testamento la iglesia es
el pueblo de Dios.
La palabra “iglesia” se usa
también con referencia a la iglesia universal que se compone de
todos los cristianos del mundo. Este es el significado de lo que
Cristo dijo: “edificaré mi iglesia” (Mateo 16:18).
También “iglesia” se usa con referencia a una
congregación local como por ejemplo la iglesia en Corinto (1
Corintios 1:2). “Iglesia” se usa con referencia a
cristianos reunidos para adorar a Dios (1 Corintios 11:18; 14:19). La
iglesia misma es nombrada con muchos otros términos descriptivos en
la Biblia. En el Nuevo Testamento no hay un solo nombre para la